Hablemos de nuevo sobre las estatuas

Por Guillermo León Labrador Morales

Estatua de Belalcázar es trasladada del Morro del Tulcán en Popayán.

Aunque ya hemos discutido bastante sobre estatuas y monumentos en los últimos meses, hace poco observé algo que, irremediablemente, me hizo volver al tema. El 30 de enero pasado, se vio sobre los cielos de Popayán una imagen de carácter extraordinario: un helicóptero surcaba los cielos, llevando del extremo de un lazo, la estatua ecuestre de Sebastián de Belalcázar, que, como muchos recordarán, había sido derribada el 16 de septiembre por un grupo de activistas de la etnia Misak. Esta escena parece casi calcada de la película Good Bye Lenin, en donde se vio, de manera similar, como tras la caída del muro de Berlín, la estatua del legendario líder soviético era trasladada también en helicóptero, marcando así, el fin de una era.  El fuerte simbolismo paralelo en ambas imágenes, lo lleva a uno a preguntarse, ¿Puede que también algo este transformándose dentro de la sociedad colombiana?

Escena similar en la película alemana Good Bye Lenin (2003)

Colombia, como la mayoría de las naciones del mundo, no es ajena a las mitologías históricas de corte nacionalista. Vemos como, desde el momento de su fundación, se formuló una narrativa que buscaba exaltar un ideal patriótico, que además estuviera ceñido a los cánones de la cultura occidental. Esto, evidentemente, implicó la construcción de estructuras culturales que de frente excluían y reprimieran a cualquier grupo que no fuera blanco europeo. Y qué mejor muestra simbólica del poder subyugador de esas estructuras, que las regias estatuas de los conquistadores españoles del siglo XVI.

Aunque muchos se han quejado de que la reinterpretación de esos monumentos es una especie de borrado de la memoria histórica, lo cierto es que cuando uno se acerca a leer sobre los orígenes de estas estructuras, se encuentra con una visión extremadamente sesgada de lo que era el pasado nacional. 

No es gratuito que los estudiosos de finales del siglo XIX y principios del XX, fueran unos enamorados de los conquistadores y del concepto de la ‘hispanidad’, lo cual los llevaba a justificar de manera casi que ambivalente, las atrocidades que desde hacia siglos se les adjudicaban a estos personajes. Por ejemplo, el historiador y político cucuteño, Luis Febres Cordero, decía lo siguiente en un texto sobre la historia de su ciudad natal: 

Los conquistadores son los héroes. No conoce lindero su coraje, enflaquecimiento su brío, desmayo el calor de su ánimo: productos de una época caballeresca y blasonada, dentro de una nación esclarecida en los fastos marciales del mundo, sus espléndidas hazañas son dignas de las más altas vibraciones de la epopeya; y su extraordinaria labor de audacia y de energía, por encima del salpique sanguinario en que discurre, es de una clásica e incomparable beneficencia universal.”

Esta visión romántica eurocentrista, aunque superficialmente parezca inofensiva, estaba también cargada de un profundo desprecio por los indígenas que habían sido sometidos por esos mismos conquistadores. Al mismo tiempo que Febres cordero escribía su carta de amor a los conquistadores, en el Catatumbo se ametrallaban a los Motilones Bari, para despejar sus tierras y acceder al petróleo que se había encontrado en esa región, el cual estaba siendo explotado por los estadounidenses y colombianos a través de la Concesión Barco.

Este desprecio sistematizado, también llevó a la erección de la estatua de Belalcázar en el llamado Cerro del Tulcán en Popayán. Esto resultó siendo una forma de echarle sal a la herida, dado que dicha montaña no es una estructura natural, sino una construcción de origen indígena. Y lo que muchos no saben es que la imposición de dicho monumento sobre el cerro, además de ser arbitrario e insensible con la memoria indígena, también produjo serios daños al patrimonio arqueológico del lugar. 

El arqueólogo caucano Cesar Cubillos Chaparro, en la década del 50, refirió como la construcción de dicha estatua, además de una carretera para subir a la punta, habían deteriorado la estructura y dificultado su estudio. En la Revista Colombiana de Antropología dijo lo siguiente: “En 1940 se realizó una obra que en gran parte destruyó la cúspide de la estructura prehispánica. Consistió en la nivelación de la cima del cerro, con el objeto de formar una plataforma para colocar en ese sitio la estatua ecuestre del conquistador Sebastián de Belalcázar, (..) y realizar actos de ornamentación. La nivelación del sitio produjo la decapitación de la construcción indígena”. La estructura solo pudo ser estudiada por arqueólogos y etnólogos de la universidad del Cauca hasta 1957, después de varios años de darse el saqueo de la estructura por la guaquería.  

Estructura prehispánica conocida como “El morro del Tulcán”. Foto: Juan Cabrera

Las autoridades por años ignoraron a quienes se quejaban por dicho desagravio, no sólo simbólico, sino también anti patrimonial. Sobre el tema dijo el antropólogo de la Universidad del Cauca, Felipe García Quintero: “Al poner la estatua del conquistador sobre el morro, se consolida un procedimiento de hispanización del patrimonio cultural nativo, que se da con el reconocimiento, reapropiación y resignificación de la herencia española, depreciando o invisibilizando la cultura indígena”.

El año pasado, la ola de protestas en contra del racismo estructural que se dieron a nivel mundial, llevaron a replantear la necesidad de mantener estos símbolos del colonialismo y la opresión. Cayeron y fueron vandalizadas estatuas de todo el mundo, en muestra de rechazo a estas narrativas. Esto adicionalmente trajo consigo una respuesta reaccionaria de parte de individuos y autoridades, que continúan sordas e indolentes al clamor popular, y siguen dispuestas a mantener este orden. 

No más en Popayán, con la caída de la estatua de Belalcázar, el alcalde Juan Carlos López Castrillón, en conjunto con el comando de policía de esa ciudad, procedieron a criminalizar el acto de protesta, y anunciaron una millonaria recompensa por la captura de los indígenas. No sobra decir lo irresponsable de dicha medida, siendo Colombia un país en donde los líderes sociales, en especial los indígenas, son asesinados diariamente por fuerzas oscuras que obran a favor de estas ideologías reaccionarias. 

Algunos, de manera ignorante o inclusive maliciosa, han argumentado que derribar estos símbolos corresponde a “ver el pasado bajo la lupa del presente” o inclusive a un “borrado de la historia”. Esto es difícil de argumentar cuando esas narrativas están sustentadas en visiones sesgadas y prejuiciosas de esa misma historia. Ya Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos en el siglo XVI, criticaban la brutalidad del racismo y el sistema colonial. Ser críticos ahora es importante, cuando estos sistemas aún significan la subyugación y marginalización de estos grupos. 

El cuestionamiento a este tipo de símbolos viene dándose a través de toda la historia de la humanidad, como fuertes declaraciones que muestran las coyunturas sociales, políticas y culturales. Por esto mismo, resulta de una inmensa importancia entender que dicho acto sirve para lograr que se reconozcan las problemáticas históricas y reconciliar a la sociedad. Como señaló recientemente el reconocido historiador italiano Enzo Traverzo “derribar estatuas no borra la historia, nos hace verla con más claridad”.

Derribo de la estatua de Edward Colston. Foto: PA Media, BBC

Recontextualizar el significado histórico de dichas piezas si es un paso que se puede tomar, inclusive teniendo en cuenta su valor artístico, pero además reconociendo que se erigieron bajo una serie de sistemas opresivos que han invisibilizado el pasado de los grupos racializados. Por esta razón, sería importante incluso dejar visible los daños sufridos tras las protestas. 

En la ciudad de Bristol, en Inglaterra, se hizo esto, tras el derribo de una estatua del esclavista Edward Colston. Tras la decisión de trasladarla a un museo, inclusive se planteó la preservación de los grafitos que le fueron realizados. El viejo pedestal ha servido tras la caída, como un lugar para realizar otro tipo de memorializaciones. Allí se han puesto desde estatuas conmemorando a los activistas negros, hasta figuras de la cultura popular, como el villano Darth Vader.   

Este paso al parecer se está siguiendo también en Popayán. Tras conversaciones de las autoridades con representantes indígenas, al parecer se ha decidido trasladar la estatua a otro lugar. Después de la remoción con el helicóptero, al menos 100 comuneros Misak procedieron a realizar un ritual de limpieza y armonización del morro. El poder de dicha acción como forma de recuperación simbólica, no puede ser subestimado. Dejar ir esos prejuicios y esas narrativas del pasado, es un paso importante para una verdadera posibilidad de cambio. 

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